viernes, 19 de septiembre de 2014

Made in Japan (VII)


En la séptima entrega de Made in Japan cuento algunos juegos de bondage que practiqué con mi sumisa japonesa. Como ocurre en las dos entregas anteriores, la evolución de nuestra relación fue recorriendo diferentes juegos y modalidades del BDSM. Sin llegar a ser nunca una relación típica de las de este tipo, fuimos probando diferentes cosas en busca de nuevas experiencias, sentimientos y sensaciones cada vez más intensos y una constante búsqueda de los límites personales.

Made in Japan (VII)

Mi relación con Saimiko era un auténtico sueño. Jamás había podido follarme a una mujer como ella, que se entregaba sin miedo a cualquier tipo de juego y que, además de hermosísima, era un volcán en la cama. Le gustaba el sexo tanto o más que a mí (lo cual no dejaba de sorprenderme), podía disfrutar del dolor casi igual que del placer, y era una curiosa insaciable: constantemente me pedía más. No tenía bastante con todo lo que ya habíamos hecho, necesitaba descubrir nuevas sensaciones.

En el apartamento donde solíamos vernos, yo había introducido algunos elementos (previa autorización del dueño). Uno que daba mucho juego y que ya he mencionado era la argolla metálica anclada en el techo del salón. Atar a Saimiko a esa argolla era una fuente de juegos y torturas muy interesantes.

Un día la até con una cuerda blanca que traje de una ferretería. Puse sus manos en la espalda, las até por las muñecas y luego hice lo mismo con los pies, uniéndolos por los tobillos. Boca abajo en el suelo, hice que doblase las rodillas y até los pies con las manos. Entonces, pasando el resto de la cuerda por la argolla, conseguí dejarla suspendida en el aire. Me costó mucho levantarla, porque la argolla no permitía que la cuerda se deslizara con comodidad, así que le puse un antifaz negro, la bajé de nuevo y la llevé a la cama, donde le até los brazos y los pies bien abiertos.

Saimiko quedó así completamente expuesta, sin poder hacer nada para defenderse. Aunque el deseo de follarla era muy grande, tenía que hacer una cosa antes. Sin decirle nada, salí del apartamento y cogí el coche. Bajé hasta el centro de BCN y en Servicio Estación compré un mosquetón de bombero y una pequeña polea.

Al volver, entré despacio, sin hacer ruido. Saimiko estaba asustadísima, pues la había dejado atada, desnuda y con los ojos tapados, sin que pudiera ver nada. Gritó cuando notó mi presencia en la habitación. Dijo algo en japonés, absolutamente ininteligible para mí y luego, en su precioso castellano, con la voz al borde del ataque de nervios, preguntó quién era. Me llamó por mi nombre, pero seguí sin contestarle.

Tardé unos quince minutos en montar la polea en la argolla del salón. En todo este tiempo, Saimiko no dejó de llamarme, asustada y casi histérica, y de preguntar sollozando quién era. Ella sabía que este apartamento se alquilaba por horas y si yo hubiese devuelto las llaves al encargado, ahora podía estar cualquier extraño allí dentro...

Me desnudé en el salón, sin hacer ningún ruido. Entré al dormitorio y me senté en la cama. Saimiko gritó de terror pues no me había oído acercarme. Metí de golpe dos dedos en el coño de Saimiko, forzándolo. Sus gritos de miedo se mezclaron con los de dolor. Hice lo mismo con la otra mano pero, en este caso, metiéndole un dedo en el agujero del culo. Sin hacer caso de su pánico ni de su evidente dolor, seguí metiendo más dedos en su coño, obligándolo a abrirse para dejar entrar mi mano. Su culo sufrió la misma suerte y ya tenía dos dedos metidos hasta el fondo.

Como la postura no me facilitaba la tarea, desaté los pies de la chica y se los até doblados hacia atrás, sujetándolos un poco más arriba de la cabeza. Doblada en esta incómoda posición, su coño y su culito quedaban completamente abiertos y más indefensos que antes. Seguí con mi tarea de rompérselos con las manos.

Supongo que, en algún momento, Saimiko tuvo que darse cuenta de que quién la estaba forzando de esa manera tenía que ser yo. Sus gritos de dolor y de miedo se iban calmando conforme su coño se abría y el clítoris no tardó mucho en hincharse hasta reventar. Noté su cambio porque el culito se fue relajando y podía mover mi mano entera dentro de él sin tener que hacer una fuerza extraordinaria. La muy guarra se corrió al cabo de poco tiempo.

Desaté sus pies y me arrodillé sobre ella, metiéndole de golpe la polla en la boca. Me la estuve follando hasta que noté como mis testículos se ponían durísimos y el cipote me crecía aún más y empezaba a soltar chorros de semen en la boca de mi esclava japonesa. Ella no tenía más remedio que tragarse mi leche, ardiente y espesa, para no ahogarse. Lo que no le cabía, se derramaba por su barbilla y le goteaba por el cuello. Como era muy tarde ya, no tuvimos tiempo de probar la polea que había montado en la argolla del salón. Dejé a Saimiko donde siempre y quedé con ella que hablaríamos por el Messenger.

(Continuará)


© Texto: Pitufox27 - Febrero de 2008.

jueves, 11 de septiembre de 2014

A media luz (first)


Esta narración surgió como idea de un proyecto nuevo. En esta primera parte utilizo las imágenes de un fotógrafo francés Simon Chaput para ilustrar una narración ficticia, no basada en ningún hecho real. En la segunda parte, lo que haré es narrar una experiencia auténtica usando imágenes de la mujer que amo.

Simon Chaput es un fotógrafo con intereses aparentemente muy dispares. Por una parte, son muy conocidas sus fotografías sobre la cultura budista y otras culturas antiguas de la India, pero por otra, también tiene una interesante colección de imágenes sobre la arquitectura de Manhattan. En ambos casos hay un estilo que podríamos llamar unificador, ya que muestra un evidente interés por la abstracción y los espacios negativos. Si bien no se puede dudar de su maestría en el manejo del color, es en la fotografía B/N donde Simon Chaput desarrolla todo su control de la luz. De este modo, sus fotografías de desnudo femenino utilizan las luces y la oscuridad para dibujar perfiles y contornos en unas imágenes en blanco y negro espectaculares, que dan un nuevo aire al clásico arte del desnudo.

Durante los últimos veinticinco años, Simon Chaput ha colaborado en el rodaje de películas y documentales, así como en las obras de los artistas Christo y Jean-Claude. Las obras de este fotógrafo se exhiben regularmente en tres galerías de Estados Unidos, pero sus trabajos forman parte de colecciones privadas e institucionales repartidas por todo el mundo. Así mismo, se han publicado obras suyas en las principales revistas de todo el mundo así como en numerosos libros.

Aquellos interesados en saber más de la obra de este activo artista, pueden seguir los siguientes enlaces:


© 2002 - Simon Chaput - Andrea, NY 1L.
A MEDIA LUZ  (first)
Hace mucho calor. Creo que por eso me he despertado. Por la ventana entra la luz de la luna que ilumina parte del dormitorio. No me atrevo a mover, ya que ella está con su cabeza sobre mi brazo derecho. Lo tengo dormido y he de abrir y cerrar la mano para obligar a la sangre a que circule un poco. Ella respira profundamente, pero en silencio. Giro la cabeza hacia su lado y la miro. Está muy guapa ahora mismo. Su cara, con las preocupaciones del día olvidadas, parece la de una niña pequeña. Tiene el semblante sereno, con un apunte de sonrisa en sus labios. Muy lentamente, muevo mi mano izquierda y la acerco a su cara. Un mechón de pelo, rebelde, se ha amotinado y separado del resto de su cabellera, oculta una parte de ella de mi vista. Con mucho cuidado, para no despertarla, lo sujeto con delicadeza y lo trato de apartar hacia atrás. Ella no se inmuta, así que consigo mi propósito. Ahora ya puedo ver su lindo rostro dormido.

Parece mentira, cuando la miro así, dormida a mi lado, que ese pequeño cuerpo sea capaz de contener tanta energía. Ella es un torbellino que hace girar todo mi mundo alrededor suyo. A veces, cuando la miro así dormida, con ese aire de chiquilla traviesa pero en el fondo aún inocente, me maravillo de cómo he podido vivir tantos años sin tenerla a mi lado. En esos momentos, un sentimiento de ternura y de amor hacia ella me nace de lo más hondo y si pudiera la abrazaría tan fuerte que nos fundiríamos en un solo cuerpo. Como fundidos estábamos anoche, un buen rato antes de dormirnos. Con la casa en silencio, tras recoger los últimos restos de la cena y apagar el televisor, la tomé de la mano y la guié hasta el dormitorio. Allí, la sujeté contra mí, diminuta a mi lado, y ella alzó la cabeza para que yo la besara desde atrás. Sus manos se enredaron en mi nuca, alborotándome el pelo, pero las aparté y las hice bajar para poder deslizar por sus dorados hombros las cintas de su camisón. La fina tela resbala por su piel, se engancha un momento en las puntas de sus pechos y luego sigue su viaje hasta el suelo, desnudando sus caderas que se pegan a mis dedos. Ella se tumba en su lado de la cama mientras yo doy la vuelta y me siento en el otro lado. Desde la primera vez que nos acostamos juntos en una misma cama, yo siempre he estado a su izquierda y ella a mi derecha. Supongo que ahora ya no sabría dormir de otra manera.

© 2002 - Simon Chaput - Andrea, NY 3L.
Sigo recordando que sucedió anoche... Me acerqué a ella, apoyado en los codos, y su boca se abrió para darme un beso largo, dulce, apasionado. Un suspiro se escapó de su pecho y sus brazos me rodearon el cuello. Nuestras lenguas jugaron hambrientas la una con la otra, hasta que me aparté y me quedé quieto mirándola... Sus ojos de niña extraviada atraen la mirada de los míos con la fuerza de mil imanes. Y me hundo en ese pozo que dicen que es la ventana del alma. Una sensación de vértigo me remueve por dentro y quisiera que ese instante no se acabase nunca. Pero hay otras llamadas más primitivas que reclaman mi atención. El deseo me abrasa por dentro y ella lo sabe. Hay un cierto tono de provocación en sus ojos, como desafiándome a que siga con lo que estoy pensando. La beso y ella se deja hacer, dócil, entregándome la dulzura de sus labios y recibiéndome dentro de su boca, tan hambrienta como la mía. La niña se crece y a través de sus pequeños gemidos se le derrama toda la mujer que se esconde dentro. Mis manos buscan las suyas, los dedos entrelazados, y las sujeto por encima de su cabeza, contra la cama. Ella se siente así prisionera de este macho que la reclama. Lejos de asustarse, su mirada se hunde en la mía. Sé que me desea tanto o más que yo a ella. Pero no tengo prisa alguna. Soy suyo para siempre, ella sé que es mía. De algún modo la espera hace arder más el fuego que nos quema por dentro...

Acerco mi cara a la suya y nos besamos larga y dulcemente. La pasión que nos consume por dentro es contenida, jugamos a hacer creer al otro que nos es poco menos que indiferente. Pero estoy dispuesto a enseñarle quién manda. Mis besos cambian de tono, aumentando la intensidad con que saboreo sus labios. Dejo que los mios resbalen por su cuello. Ella ahoga un gemido cuando rozo sus pezones, primero uno y después el otro. Luego, suelto sus manos que, obedientes, siguen donde las he dejado, mientras prosigo con mi viaje al sur. Mis labios dejan un rastro de besos cálidos que poco a poco van cambiando el ritmo de su respiración conforme rodeo su ombligo, que se contrae al contacto con ellos. Mis manos, que han resbalado por sus brazos, se adueñan de sus pechos turgentes, plenos, que reciben impacientes la presión de mis dedos y noto como sus pezones se hierguen desafiantes hacia el techo, duros como canicas, sabrosos al tacto. Se estremece cuando mi lengua roza el valle profundo que se esconde entre sus piernas. Recorro muy despacio la suave piel que cubre el espacio donde la pierna se une al cuerpo, y ella gime cada vez más intensamente. Percibo un movimiento muy leve de sus caderas, buscando el contacto, alzándose hacia mí. Finalmente, tras dar todos los rodeos posibles, cuando ella se desespera persiguiendo el encuentro con mi boca, mis labios la besan en el punto más sensible de su vientre. Ahora sí, un gemido agudo se escapa de sus labios. Cuando aparto mi boca, ella se mueve, alzando su cuerpo hacia mí, reclamando de nuevo el contacto. Juego con ella al quiero y no quiero, a veces con suavidad la complazco, otras apenas mi lengua roza su piel, me aparto y ella gime de deseo, pidiéndome más. Sus dedos bajan rápidamente desde el lugar donde descansaban sus manos y se enredan en mi pelo. Tiran de mí hacia arriba. No le basta ya con una caricia. Su cuerpo es puro fuego y desea consumirse abriéndose para mí.

© 2002 - Simon Chaput - Andrea, NY 4L.
Beso su boca mientras tomo posición entre sus piernas, completamente abiertas y mi carne endurecida entra en la suya, derretida. Y sus brazos se aferran a mí, como un naúfrago se sujeta a una tabla tratando de no hundirse. Y somos uno. Los tambores retumban en la selva mientras el macho primitivo que vive dentro de mí se libera de sus milenios de civilización, y mi espada de carne se hunde una y otra vez en lo más hondo de ella. Sus gemidos se han convertido en pequeños gritos, tan animales y llenos de lujuria como mis gruñidos de animal salvaje, de naturaleza desatada, de puro fuego instintivo. La clavo a la cama, mientras su placer estalla una y otra vez, haciendola gritar, esta vez sin ataduras, sin frenos. Cuando por fin la oleada que la recorría de pies a cabeza ha pasado, dejándola agotada, me muevo lentamente dentro de ella. Ahora está completamente abierta e indefensa en mis brazos. Mi carne entra hasta el fondo de su carne chocando contra ella, despacio, pero sin pausa. Se derrite por dentro ante el calor que desprende mi cuerpo. Busco sus ojos, que avergonzados se esconden tras unos párpados medio cerrados. Mírame - le digo... Y ella me mira.

Sus ojos bellísimos a esta distancia, brillantes como soles, pozos oscuros en los que brilla al fondo su alma, me absorben y me dejo caer dentro de ellos. Con un último movimiento de mis caderas, el fuego que me arde por dentro se derrama a través de mi vientre y brota líquido como la lava de un volcán, quemando todo a su paso. Ella gime y le pido que siga mirándome mientras ambos sentimos como estalla el placer dentro nuestro. Soy suyo y lo sabe. Nuestros labios, jadeantes, se unen en un beso largo y profundo. A veces puedo entrever cómo debía ser vivir en el Paraíso... Han pasado apenas unas horas y siento como el deseo me inunda por dentro. Ver las suaves curvas de su cuerpo a la media luz del amanecer me hace darme cuenta de la suerte que tengo de haberla encontrado.

© 2002 - Simon Chaput - Andrea, NY 5L.

  • Texto: © 2014 - Pitufox27 (Ediciones del Oso).
  • Ilustraciones: © 2002 - Simon Chaput (Jackson Fine Art - Photography).

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La foca monje


Con esta narración, yo he tenido un problema. No puedo incluirla en mis otros blogs (dedicados a ensayos y a diario) ya que se trata de una historia de ficción. Pero por otra parte, la lectura del relato evidencia que no es un relato erótico ni mucho menos, así que quizás no sea este el contexto más adecuado para publicarlo. De cualquier forma, ya lo he subido aquí y de momento aquí se va a quedar. Como ya me han preguntado sobre el texto, quisiera aclarar dos cosas. Por un lado, nada de lo que se relata aquí es real. Nunca conocí a esa chica, ni nunca nadie me ha contado una historia semejante. Pero los que están acostumbrados a leer lo que escribo saben perfectamente que nunca escribo nada que no esté basado en algún tipo de experiencia previa. He intentado contar historias de ciencia-ficción, de esas con naves espaciales, agujeros negros y viajes en el tiempo; también he intentado escribir relatos de fantasía o de terror... Y nada de todo eso ha funcionado. Sólo cuando lo que escribo contiene elementos de mi pasado, las historias que imagino adquieren vida propia y terminan siendo relatos de los que me siento, en mayor o menor grado, satisfecho.

De todo lo que he escrito últimamente, éste es quizás, el relato del que me siento más satisfecho. Contiene algunos errores que creo evidentes, pero por otra parte empecé mi historia teniendo en mente un guión y terminé dejando que el propio personaje cobrase vida y contase lo que quisiera. En ese sentido, pues, estaría entre lo mejor que he escrito nunca. ¿Qué parte del relato está basada en cosas reales? Bueno, existen pueblos así, con fiestas mayores y verbenas que tienen características que aquí aparecen (aunque muy por encima, ya que tampoco quise hacer un relato lleno de imágenes costumbristas). También he conocido chicas y chicos como la protagonista, que iban de fiesta en fiesta, de bar en bar, siempre borrachos y dando tumbos por el suelo (como la canción de Dinamita pa los pollos, que por cierto, era una especie de himno en aquella época en este tipo de ambientes). Y el apodo de foca monje corresponde a una persona real, a la que bautizamos así, cruelmente, y que encajaría dentro de la descripción general que hago de la protagonista, aunque debo añadir que mi foca monje, por suerte y que yo sepa, nunca cayó tan bajo ni sufrió lo que mi personaje, y nada me hace pensar que actualmente no goza de una familia y una vida feliz y sana a pesar de sus borracheras de juventud.

Las imágenes que acompañan un texto así han de ser, inevitablemente, imágenes duras. He de decir que, al revés de lo que me pasa siempre, en este caso yo ya tenía localizadas las imágenes antes de escribir el relato. De alguna forma creo que me influenciaron para tocar algún tema truculento o salvaje. De su autor apenas sé nada. Eddie The Yeti es un artista norteamericano del que sólo conozco lo que ha publicado en su perfil de deviantART. Sus imágenes, digamos inventadas son todas del estilo de la muestra que he utilizado aquí: calaveras, muerte, apocalipsis... Utiliza técnicas mixtas (pintura, digital, fotografía, ...) y tiene un arte muy desarrollado para las caricaturas de personajes famosos, las que podríamos clasificar como imágenes no inventadas.

La Foca Monje
Ella era la foca. La foca monje. La más grande de las focas... Borracha, la camisa desabrochada y los pechos al aire, se la mamaba a cualquiera por un cubata. Allí donde hubiera una fiesta, allí donde corriera el alcohol, ella aparecía, a menudo ya embriagada, y se pegaba a cualquier patán, por baboso que pareciera, mendigando un poco de compañía. Pero sobre todo, mendigando un poco de alcohol. A menudo ni te dabas cuenta de su presencia. Era como parte del mobiliario de las fiestas. Como los focos del escenario, la furgoneta de los músicos, o las innumerables cajas de cerveza de detrás de la barra. Su mirada triste, perdida, a veces se cruzaba con la tuya. Un desafío, un desdén, te hacía mirar hacia otro lado. Eso si no oías un ¿qué miras, hijo de puta? desafiante, con voz desgarrada. Uno no discute con los perros cuando ladran. Pasa sin girar la cabeza. Así pasábamos junto a ella. Como mucho, una mirada de desprecio, un movimiento de cabeza... ¡Pobre desgraciada! pensabas. ¿Acaso no se da cuenta del espectáculo que da, una noche sí y otra también?

© 2013 - Eddie The Yeti - Mourn what has Past.

Pero a menudo las apariencias engañan. Las cosas nunca son lo que parecen y con el tiempo aprendes a comprender que todo tiene un pasado. Que todo tiene una causa. Y entonces descubres la crueldad de una mirada, de un comentario irreflexivo, de una lengua envenenada... Ella no siempre había sido la más arrastrada de las borrachas. Siendo apenas una niña, la alegría de vivir la llenaba. Su figura, entonces esbelta, atraía las miradas de los chicos, el reojo furtivo de los mayores, la envidia de las amigas, la crítica despiadada de las comadres... ¿Qué cómo sé yo eso? Primero porque tengo más memoria que la mayoría. Segundo porque me gusta escuchar, y no hay nada mejor que dejar que las personas te cuenten lo que nadie les deja contar...

Cierta noche de San Juan, la más corta del año, me quedé solo en un rincón de la fiesta. Los altavoces atronaban escupiendo bachatas, rumbas y salsa. Un mar de cuerpos sudorosos se agitaba como cucarachas sobre una plancha electrificada. Sujetando un vaso de whisky, en el que se peleaban por el reducido espacio y por la supervivencia dos bloques de hielo, me apoyaba en una de las esquinas de la barra. Mi último ligue de verano había decidido que yo era demasiado aburrido para ella y ahora se esforzaba en arrimarse lo más posible a la entrepierna de su nueva pareja de baile. A mí nunca me ha entusiasmado el baile agarrao, que yo soy más de silencios, cortados por algún comentario mordaz, una sonrisa enigmática y un kilo de autosuficiencia a granel, todo bien marinado dentro de unas gotas de colonia Massimo Dutti, y regado por una ración generosa de Jack Daniel's. Que como mucho, tras varias dosis de destilados, puedo sumarme a la fiesta destrozando algunos pasos que pretenden emular a Toni Manero, o, tras unas cuantas dosis más, pegando saltos como un grillo histérico y mezclándome con los colegas a golpe de hombros mientras la banda de turno entona el sarri, sarri... de rigor.

Hete aquí pues, que con la cara a lo Leonardo ( ¡no, el DiCaprio no! El Da Vinci, el de la sonrisa enigmática... Da Vinci, la Gioconda, la medio sonrisa... ¿Capisci? ¡Por Dios! Que hoy parece que nos ha tocado un público lento... ) yo trataba de no caerme sujeto a un vaso on the rocks mientras trescientos y pico pueblerinos practicaban gimnasia con corbata y blusas de domingo. No me había dado cuenta de su presencia, la verdad. Como he dicho antes, la foca era como un mueble inseparable de cualquier fiesta y estaba tan integrada en el mobiliario festivo que pasaba completamente desapercibida. Camuflaje, indispensable para la supervivencia de los mejor adaptados... Algo me hizo girar la cabeza. Un sonoro eructo que retumbó en las paredes del improvisado bar me hizo girar la cabeza sorprendido. Educado y fino miembro de la élite local, hijo de la ciudad, sin mulas ni carros con los que ir a trabajar al campo, el hijo de mis padres no prodigaba gases en público, de modo que me sorprendió oír la generosidad de alguno de mis congéneres.

Pues no, me dije al identificar al propietario de la potente manifestación sonora. No era un congénere mío, sino nuestra particular contribución a la causa de Greenpeace, la campaña "Salvad a la foca monje". Entre un apestoso charco de vómito, un enorme culo metido en unos tejanos ajustados trataba de levantarse del suelo. La dueña del culo más rotundo y voluminoso de la fiesta, trataba inútilmente de ponerse de pie. Venciendo una ligera náusea por el estado de la chica, le ofrecí mi mano extendida. Me quedé allí, como un guardia de tráfico de esos de cartón piedra que a veces colocan en las obras a pie de carretera, llenos de lucecitas parpadeantes, y que con la mano señalan el séptimo cielo del camino correcto. Incluso me dio tiempo a pensar, como buen pixapins, que parecía la reencarnación de Colón con el brazo cansado, señalando al suelo en lugar de América... Durante esos interminables segundos, la chica trató de enfocar la visión en sus ojos, primero escudriñando con detalle mis zapatos, luego subiendo por mis piernas, y muchísimo más tarde mirándome a la cara como quien mira a un gorgojo verde escupir al aire y tragarse luego el escupitajo al vuelo. Evidentemente, en eso consiste la democracia: ambos nos repartíamos el asco mutuo a partes iguales...

Pero a veces suena la flauta por casualidad, y en lugar del ¡vete a la mierda, hijo de puta! que yo me esperaba, de aquella boquita de princesa salió un apenas audible gracias. Una mano regordeta y húmeda (en ese momento preferí dejar tranquilos a los del C.S.I. y pensé que bendita era mi ignorancia) se dejó sujetar con fuerza por la mía y con un alarde de caballerosidad y fuerza (cuando hay que echar una mano, se echa, que una vez me dijo mi abuela que lo cortés no quita lo valiente) conseguí tirar de ella hasta poner en pie aquella enorme mole. Se tambaleaba. Eso sí. Como una ración de gelatina en un plato sujeto por una mano con Parkinson. Pero estaba de pie, cosa que las Torres Gemelas no pueden decir, por ejemplo... Le ofrecí una segunda mano (total, ya puestos... así terminaba de completar mi buena acción del día y mis colegas de los Boys Scouts estarían orgullosos de mí) y más o menos conseguimos coordinar los movimientos lo suficiente para salir de aquella apestosa vecindad... La acompañé al baño de las chicas y, haciendo caso omiso de sus protestas, mandé a la mierda uno de mis pañuelos de tela más caros. Con la ayuda de un poco de agua, fui limpiando lo más asqueroso y visible. Luego, ella, sorprendentemente capaz de mantener el equilibrio sin destrozar la pila del lavamanos, se lavó como pudo la cara, las manos y (ahí sí que me di media vuelta: hay espectáculos que no son aptos para todos los públicos y yo tengo un corazón muy sensible) se abrió lo que quedaba de camisa y estuvo limpiándose como pudo la enorme y blanda delantera...

Tras las abluciones y un poco más despejada, sus ojos buscaron los míos. Ahora es cuando me arrepiento de haberle ayudado, recuerdo que pensé. pero en lugar de las dosis a partes iguales de desprecio y odio que solía verse en esos ojos saltones, sólo pude ver una enorme tristeza y un asomo de sonrisa, muy oculta debajo de todo. ¿Por qué? fue lo que me preguntaron sus regordetes labios, soltando a medias otro eructo, pero éste frenado casi a tiempo, comedido, eructo pirata pero clandestino, que no corsario como su predecesor. ¿Por qué no?, respondí yo. ¡Ay, mis largas charlas con mi profesor de filosofía de COU de alguna manera tenían que haber dejado algún rastro en mi personalidad! El desconcierto acudió como el invitado estrella de una gala nocturna a los ojos de mi rescatada foca monje, llenándolo todo con su presencia. Sí, ¿por qué no puedo echarte una mano?, repetí mi pregunta retórica. Ella no supo que responder. Su mirada de animal herido rechazaba mi presencia, pero alguna necesidad interna la mantenía allí, delante mío. Hice un gesto con la mano, invitándola a acompañarme. Me siguió, como un perro apaleado, desconfiado y con el rabo entre las piernas, sigue al que le muestra un bocado de comida. Yo tenía el coche aparcado a pocos metros de la entrada al recinto de la fiesta. Ella sabía de sobras cual era mi coche. En estos pequeños pueblos nos conocemos todos. Ves una mierda en el suelo y sabes de quién es el perro que la ha dejado. Abrí mi puerta y me senté dentro. Sin decirle nada. Ella apenas dudó medio segundo. Abrió la del copiloto y se dejó caer como pudo dentro del coche. Le pedí que si notaba que le venían ganas de repetir el reparto de contenido estomacal me avisase a tiempo. A las tapicerías de cuero les sienta como una patada en los cojones el ácido clorhídrico del jugo gástrico. Un gruñido, que interpreté como de asentimiento, fue todo lo que quiso prodigar. Así que una vez sentados como dos buenos chicos, arranqué el motor y conduje despacio carretera adelante.

Mi intención era llevarla a su casa. Apenas 9 km separan su pueblo del mío adoptivo, kilómetros que podría recorrer con los ojos cerrados, independientemente del grado de alcohol que tuvieran mis venas. ¿Adónde vamos? Si te crees que vas a follar conmigo o que te voy a chupar la polla sólo por haberme ayudado a levantarme, estás más borracho que yo, fueron sus dulces palabras... No, tranquila, repliqué. Le dije que sólo quería dejarla sana y salva en casa, que se podía guardar sus muestras de agradecimiento para otra ocasión en la que ninguno de los dos hubiese vaciado tantos vasos. Me respondió que si por hacerme el ángel de la guarda yo me creía que tendría derecho a meterme entre sus piernas, no sólo era más idiota de lo que ella se imaginaba, sino que encima iba a jugarme las pelotas como intentara el más mínimo movimiento sospechoso. Le aseguré que yo apreciaba demasiado mis testículos como para ponerlos en peligro con alguien que no sabía apreciarlos en su justa medida, habiendo tantas samaritanas dispuestas a cuidar de ellos con toda dulzura y delicadeza. Que dejase de ponerse tanto a la defensiva, que sólo me apetecía conducir un rato y que la había hecho subir al coche como excusa para no estar solo.

Una carcajada estuvo a punto de suponer la primera mancha importante en la tapicería de mi bólido. Años después, ya convertido en feliz padre de familia, mi segundo retoño no tendría tantas contemplaciones y dejaría su huella imborrable a la vista de todos. Pero esa noche, milagrosamente, la tapicería de cuero consiguió eludir al destino. La foca, cuando pudo calmarse y decir algunas palabras más o menos coherentes, se giró hacia mí y repitió su pregunta del principio. ¿Por qué? No respondí. La carretera es una larga cinta enmarañada que se desparrama por la ladera de la montaña, bajando el desnivel de ésta hasta lo hondo del valle. A pesar de ir despacio, el etanol es mal compañero de viaje y yo tenía que estar por la faena. Queda muy poco fino tener un accidente con la ambulancia cuando estás trasladando un herido. A pocos kilómetros del pueblo, hay un momento que una curva se abre en dos, siguiendo la parte asfaltada su ruta hacia abajo, y entrando una pista de tierra en un pequeño bosquecillo. Refugio de parejas sin cama, de críos fumando su primer porro y de algún que otro abuelo que de buena mañana llega hasta allí a buscar cuatro hierbas (de las que no se fuman), el lugar permite aparcar a un par de coches al abrigo de las miradas de los que circulen por el asfalto, parapetados detrás de una enorme piedra que, en tiempos remotos, debió caer montaña abajo, tal vez resbalada de las manos de algún Sísifo local.

La foca se pegó todo lo que pudo a la puerta de su lado, pero no trató de abrirla. Me has dicho que no ibas a intentar nada, me dijo con sus ojos tibios de animal mirándome fijamente. Por supuesto que no te voy a hacer nada. No todos somos iguales, le respondí. Le expliqué que sólo quería hablar con ella y que la bebida que yo también había trasegado no se llevaba demasiado bien con la conducción mientras se charla. Que ella me había hecho una pregunta y que yo tenía muchas para hacerle. Yo también tenía un porqué esperando una respuesta. Ella no me entendió al principio. Lo vi en sus ojos, inexpresivos, más preocupados en vigilar mis movimientos que en leer mis intenciones en los míos. Pero como yo no hice ningún gesto que le diera a entender que habíamos parado para otra cosa que no fuera lo que le estaba diciendo, me volvió a mirar a la cara. Sí, yo también quería saber el porqué ella actuaba siempre como lo hacía. Me mandó a la mierda. No sabía qué cojones pretendía yo metiéndome en lo que no me importaba. Pero le volví a repetir la pregunta. Ella no entendía por qué le había dado mi mano para sacarla del charco de vómito y yo no entendía porqué ella, una muchacha joven (gorda y bastante fea, eso sí, pero no le iba a decir eso a la pobre) se arrastraba de fiesta en fiesta, de bar en bar, borracha como una cuba, vendiéndose por un vaso de alcohol y en general, arruinándose la vida sin motivo aparente.

Siempre hay un motivo por el que suceden las cosas. Eso lo sé ahora. Experiencias como la de aquella noche me han hecho aprender algunos hechos de la vida. Y ese es uno de ellos. No recuerdo bien qué dije para vencer su muro de contención. La foca no había puesto un montón de kilos de grasa para protegerse de la intemperie. Lo que había hecho había sido construir un muro de hormigón a su alrededor, que la protegiera del resto del mundo. Y aún no sé porqué ni como, esa noche de San Juan vimos amanecer sentados los dos dentro del coche mientras ella bajaba el puente levadizo y me dejaba entrar detrás del muro. La sordidez humana puede alcanzar límites insospechados, y en aquella desgraciada muchacha de pueblo, alguien había decidido arrojar toda la miseria del mundo. Nunca supe si lo que me contó era cierto. Yo, poco después de esa conversación, regresé como siempre a mi ciudad, mis libros, mis chicas y no volví hasta el verano siguiente al pueblo de la montaña. De la foca ya no vi rastro, pero como ella siempre había pasado desapercibida, tampoco supe echarla en falta. Más tarde, quizás dos o tres años después, recuerdo haber preguntado por ella y alguien me dijo que ya no vivía en el pueblo de abajo. Pasó mucho tiempo antes de enterarme que había muerto de sobredosis, tratando de domar caballos salvajes, en algún rincón oscuro de la gran ciudad. Mierda. La vida es una enorme mierda salida del culo de un demonio obsceno y maloliente...

Cuando sólo tenía trece años, con las formas de mujer apenas apuntando bajo la tela de sus vestidos, a la foca (que entonces atendía al nombre de Isa, la de Ca´l Ganxo) una mano de hombre, ruda y despiadada, la había arrastrado al interior de una furgoneta que se detuvo a su lado en plena carretera. Ella iba a reunirse con sus amigas en la piscina del pueblo, unos cientos de metros a las afueras. Para ir allí se podía ir desde el pueblo, siguiendo un camino de tierra que subía la cuesta de una pequeña loma, con su bajada al otro lado, o bien caminar por la carretera que se alejaba de las casas hasta un caminito plano de apenas cien metros. No tuvo tiempo ni de gritar. Con una mano de hierro la arrancaron del suelo y con otra le pusieron un trapo en la cara, tapándole el mundo de vista. Algo impregnaba ese trapo porque ella perdió la noción de lo que sucedía. Despertó en un lugar desconocido. Trató de gritar, pero una pieza de tela, anudada a la parte de atrás de su cabeza, le impedía articular sonido alguno, sujetando dentro de su boca algo que parecía una pelota de goma. Presa del pánico trató de levantarse, pero tenía las manos y los tobillos sujetos fuertemente con cuerdas. Abierta como el hombre de Vitruvio (¡coño!, el amigo Leonardo otra vez...) con los brazos y piernas extendidos al máximo, y tan desnuda como su madre la trajo al mundo, la chiquilla aterrorizada, gritó ahogadamente, tratando sin conseguirlo, soltarse de sus amarras. Podía mover la cabeza a un lado y a otro. Vio que estaba en una especie de cama, en medio de una sala tan desnuda como ella, con restos de basura por el suelo y las paredes sucias de humedad y llenas de manchas de origen imposible de definir. Bajo una bombilla encendida que colgaba del techo, una mesa camilla tenía cuatro individuos sentados alrededor. Sobre la mesa, alguien había dejado una botella de Coca-Cola vacía. Un tipo moreno, más viejo que los demás, con el pelo rizado y una barba asquerosa, estaba repartiendo cartas...

Al llegar a ese punto, Isa rompió a llorar como yo nunca había visto llorar a nadie. Sentado a su lado en el coche, no me atrevía a tocar su brazo o su hombro en un inútil gesto de consuelo. Había dado mi palabra que no iba a tocarle ni un pelo y no sabía cómo reaccionaría si lo intentaba. De todas formas, tratar de consolar a un animal herido hubiese sido más efectivo que intentar calmar la desesperación de aquel llanto. Cuando pudo continuar su historia, la foca (perdón, Isa), entre sollozos, consiguió que fuese yo el que estuviera a punto de vomitar. No entraré en demasiados detalles. Ella parecía necesitar explayarse y me contó con pelos y señales lo sucedido. Pero yo no tengo estómago para contarlo igual ni memoria para ser fiel al relato original. Bastará con un resumen... Los cuatro... No sé como llamarlos. Hombres no es un calificativo adecuado a aquellos inmundos seres. Bien, los cuatro individuos, se jugaron a las cartas el orden en el que iban a follarse a su presa. Ganó el viejo asqueroso de la barba. La chiquilla se desmayó mientras aquel monstruo la forzaba sin ningún tipo de piedad. La reanimaron. Hasta en eso fueron crueles. Esperaron a que despertase, en medio de un dolor lacerante que le recorría el vientre, para seguir violándola uno detrás de otro. El último, le desató primero los pies. Ella creyó que iba a soltarla, pero vio con espanto que un par de los compinches de aquel hijo de la gran puta cogían sus tobillos y la obligaban a doblar las piernas hacia atrás, atándolas al mismo barrote donde tenía atadas las manos. En esa postura, con la espalda arqueada y los pies más atrás de su cabeza, su vientre y su culo quedaban perfectamente a la vista de todos. El tipo, sin ningún preliminar ni preparación, se hundió en el culo de la niña. Ella se volvió a desmayar por culpa del dolor que la recorrió, aplastando la poca cordura que aún le quedaba. Cuando despertó, estaba aún atada, con el culo y el sexo ensangrentados, y un enorme dolor que la hacía gemir con todas sus fuerzas. Los tipos estaban riéndose, comentando algo. Ella bajó la vista y vio, hipnotizada, el extremo de la botella de Coca-Cola saliendo de su destrozada vagina. Se la habían metido hasta el fondo.

© 2013 - Eddie The Yeti - Elk Spine.

La soltaron al cabo de una semana. Sólo le habían dado algo de beber y comer una vez al día. Y cada noche se había repetido el mismo ritual. Al terrible dolor que la traspasaba de pies a cabeza cada vez que uno de los tipos la forzaba, se unía la desesperación y el terror que sentía al estar allí, indefensa, a merced de sus caprichos. Todos la usaron de todas las formas posibles. Pero sólo vaciaban su semen dentro del vientre de la muchacha y luego cerraban la entrada metiendo a la fuerza la botella de refresco, sin ninguna piedad de los gritos de dolor que ella soltaba. Al cabo de ese tiempo, que a ella le pareció eterno, un día despertó sin ataduras, con su ropa amontonada a los pies de la cama y la puerta de la sala abierta. Entraba una fuerte luz de día por ella. Libre de la mordaza, rompió a llorar desgarradamente y gritó hasta dejar sordas a las mismas paredes. Lo peor fue sacar de su vagina la botella de Coca-Cola. Estaba tan clavada dentro que el más mínimo intento de moverla la hacía gritar de dolor. Un terrible dolor la traspasaba al intentar girar o tirar de ella. Se vistió como pudo, entre gritos de dolor a cada gesto que hacía. Apenas podía andar, con aquella cosa metida dentro suyo, pero salió al exterior. Estaba en una casa medio derruida, en un lugar que no conocía. Era la única casa que estaba a la vista. Alrededor, se extendían los campos sin cultivar hasta allá donde alcanzaba la vista. Desde luego, estaba lejos del pueblo, ya que las montañas que se veían en el horizonte ni siquiera las reconocía... Frente a la casa, un camino lleno de maleza y hierbas aplastadas conducía hasta una carretera que serpenteaba entre los prados y se perdía detrás de unos árboles al llegar al horizonte. Andó durante mucho rato. No sólo le dolía todo el cuerpo, lleno de magulladuras, cortes, mordiscos... También lo que llevaba clavado en su vagina la torturaba cada vez más, hasta que el dolor fue insoportable y se dejó caer medio desmayada al suelo. Un camión frenó pocos metros delante suyo. Cuando el hombre bajó, horrorizado de lo que estaba viendo, ella empezó a gritar. Gritó hasta quedarse afónica. Luego, con el sol ya escondiéndose en el horizonte, aquello se llenó de luces de todos los colores. Azules, anaranjadas... Perdió la noción de lo que sucedía. Se quedó dormida.

Cuando despertó, estaba acostada en una cama rodeada de tubos y máquinas que emitían pitidos regulares. Tenía a su lado a su madre. Desconocida. Como si hubieran pasado cien años desde la última vez que la había visto. No le dolía nada, pero no podía hablar. Cuando los ojos de su madre se levantaron y la vio despierta, la mujer dio un salto en la silla y ella rompió a llorar. No me supo decir cuánto tiempo estuvo llorando. Pero fueron días. Cuando le hacían efecto los calmantes, se quedaba dormida. Al despertar, rompía a llorar de nuevo. Y así día tras día. El cuerpo sanó de sus heridas, ella volvió a andar, a comer, a dormir sin ayudas... Pero todo estaba roto por dentro. Su mirada había perdido la alegría de antes, su sonrisa se había esfumado; su cuerpo aún estaba vivo pero ella estaba muerta. Al cabo de poco tiempo, descubrió que estaba embarazada. En un pueblo pequeño, eso marcaba para siempre la vida de alguien. Además, la forma como se había producido el embarazo la perseguiría toda la vida. Sus padres la tenían encerrada en casa. La primera vez que salió fue para ir a Barcelona. Le practicaron un aborto. Seguramente, era lo mejor que se podía hacer por ella. Pero las cosas en casa iban de mal en peor. Sus padres la tenían poco menos que prisionera. Por una parte, a ella le daba pánico salir sola a la calle, pero por otra quería poder ir con sus amigas, como siempre. Las discusiones entre sus padres iban en aumento. Por cualquier motivo, se enzarzaban a gritos entre ellos. Si ella estaba cerca, o pensaban que los podía oír, el tono de voz caía en picado y la discusión terminaba enseguida, pero ella sabía por alguna amiga suya y por las cotillas del pueblo que ellos no dejaban de discutir constantemente.

Un día que volvió a casa antes de la hora acostumbrada porque no se encontraba bien y sus padres no estaban, se metió en su dormitorio, cerró la puerta y se tumbó en la cama. Si cerraba los ojos con fuerza, y abrazaba la almohada poniendo su peluche favorito en medio, a veces conseguía dormirse sin volver a ver las caras de aquellos tipos acercarse babeantes y revivir de nuevo todo el terror y el asco de aquellos espantosos días. Estaba en ello, cuando oyó que se abría la puerta de la calle y, nada más cerrarse con un portazo, su madre empezó a reprocharle algo a su padre, con la voz en tono cada vez más agrio. Desde la planta baja apenas se distinguía lo que decían, pero un par de veces oyó claramente su nombre. Su madre decía algo de tu culpa. Y su padre replicaba que se metiera la lengua en el culo y no llegó a entender qué más, pero por el tono de voz, él debía estar sumamente cabreado. Prestó toda la atención que pudo... Su madre le gritaba a su padre que toda la culpa era suya, que debía haberlo dejado cuando ella se lo dijo, que qué iba a ser de ellos si el seguía haciéndolo, que si no tenía bastante con lo que le había sucedido a Isabel. Todo eso mezclado con sollozos y lamentos. Se oyó claramente el sonido de un bofetón y, casi juntos, el grito de dolor de su madre y el vozarrón de su padre llamándola mala puta y diciéndole que callara la boca. Un portazo, que sonó en la planta baja pero no era la puerta de la calle, silenció casi completamente el llanto de su madre. parecía como si se hubiera encerrado en el baño, por la procedencia del sonido. Los gritos y lamentos de ella se reanudaron, esta vez con más virulencia.

Horrorizada, Isa descubrió qué era lo que su madre echaba en cara a su padre. Parecía ser que él llevaba años jugando al póker en las timbas que se solían celebrar en muchos de los pueblos de la comarca. Las gentes de esta zona viven sin grandes lujos, pero las tierras dan beneficios que se van acumulando y rara es la familia que no tiene guardadas en el banco cantidades de dinero nada despreciables. Así pues, por muy campesinos que sean, a ninguno de ellos le falta un buen fajo de billetes en el bolsillo. Unos diez años atrás, nadie recuerda muy bien cómo, se puso de moda el celebrar alguna que otra partida de póker entre conocidos. A veces eran partidas con rivalidades entre pueblos. otras, las rivalidades saltaban entre familias o entre generaciones de una misma familia. El caso es que, de forma clandestina ya que el juego en aquella época estaba prohibido fuera de los cauces legales, más o menos una vez al mes se juntaban un grupo de jugadores alrededor de una mesa, una buena provisión de vinos y alguna cosilla de comer. Las partidas, generalmente, terminaban con un reparto de las ganancias, sin grandes pérdidas ni nuevos millonarios. Las cantidades apostadas eran siempre pequeñas y se jugaba más por el prestigio de haber ganado que no por el dinero conseguido mediante el juego. Pero... Poco a poco las rivalidades fueron creciendo. Había quien no asimilaba de forma deportiva las derrotas y luego pretendía recuperar lo perdido subiendo el nivel de las apuestas. También había quien se cegaba con el juego y quería ganar más y más deprisa. Algunas cantidades importantes cambiaron de bolsillo. E incluso se llegaron a perder fincas rústicas, casas y herencias enteras. Eso lo sabía hasta un niño de teta, pero lo que nunca hubiera sospechado Isa es que su padre jugaba en ese tipo de apuestas.

Su madre se encargó de ponerla al corriente, con sus gritos, de cómo el padre se había jugado todo lo que tenía. Los ahorros de toda una vida, las herencias, el huerto, las viñas... Todo lo había ido perdiendo poco a poco hasta quedarse sin nada que apostar. Hasta que acudió a un prestamista de la ciudad. Y también perdió cantidades cada vez mayores, pedidas a crédito, en su afán de seguir jugando para tratar de recuperar parte de lo perdido. Había recibido amenazas del prestamista porque los pagos de los plazos se retrasaban. Amenazas a las que su padre había hecho oídos sordos, hasta el día que raptaron a su hija. Ella... Isa.

copy; 2013 - Eddie The Yeti - Laugh Until It Hurts.

La niña se quedó con la mente en blanco. Si lo que le estaba gritando su madre a su padre era verdad, la culpa de que aquellos hombres la hubieran raptado y violado brutalmente era de su propio padre. No podía reaccionar y un profundo dolor se instaló en su vientre. Las arcadas la sacaron del letargo en que los gritos de su madre la habían sumido. Vomitó. Sacó por la boca todo lo que había dentro de su cuerpo. Todo, menos aquella sensación mitad de terror, mitad de asco que la llenaba desde que la habían atacado. Cuando ya no tuvo nada que sacar, las arcadas no se detuvieron. Dolía muchísimo, pero era incapaz de parar. Si hubiese podido, se hubiera arrojado ella misma a través de su garganta, quedándose vacía de todo. De sentimientos, de pesadillas, del horror de su vida destrozada... Entonces, un gemido de animal herido resonó en sus oídos. Parecía salir de lo más hondo de su cerebro. El gemido fue creciendo de volumen y se convirtió en un grito desgarrador. Era ella misma la que estaba gritando de esa forma. Unos pasos apresurados subieron las escaleras que comunicaban con la planta baja de la casa. La puerta se abrió y apareció su padre en el umbral. Le decía algo, pero ella no oía más que el sonido de su propia garganta, enloquecida. Saltó hacia él, llorando y gritando, tratando de alcanzarle la cara con las uñas. El hombre, un campesino fuerte y acostumbrado a la vida dura del pueblo, sólo tuvo que levantar una mano para detenerla. Algo le estalló en la mejilla y un dolor inmenso la dejó atontada, mientras su cuerpo retrocedía en un gran salto desde la puerta a los pies de la cama. Ya no pudo oír nada más. Ni los gritos de su padre, ni las pisadas de su madre corriendo escaleras arriba y sus gritos al ver a la niña hecha un guiñapo en el suelo, ni su propio llanto desgarrador, arrancando fuego de su garganta.

Días después, la mandaron a la ciudad, a casa de una tía soltera. La mujer, poco acostumbrada a la compañía de otras personas, no era muy habladora. A ella no le importó. ¿De qué iba a hablar con su tía? ¿Del dolor que la traspasaba como alfileres tragados a bocados? ¿De su cuerpo de niña mancillado, roto y violado? ¿De sus pesadillas que día y noche le impedían olvidar el tormento pasado? Al menos la mujer la dejaba salir cuanto quisiera, sin ponerle muchas pegas con la hora de volver a casa. Así pronto descubrió que si bebía un par de cervezas su mente dejaba de pensar tanto en todo eso y sin llegar a olvidar, era como correr un velo sobre el pasado. Claro, que después, al despertar al día siguiente, los recuerdos volvían intactos. Eran de nuevo brasas enrojecidas puestas dentro de su vientre... Las dos cervezas se convirtieron en cuatro, las cuatro cervezas en cubatas, los cubatas en la botella de whisky entera... Nació la foca monje. El ser gordo, deforme, de ojos saltones y mirada acuosa. La gorda tetuda que se dejaba magrear por una cerveza, te la mamaba por un cubata y que por una botella de cualquier clase de alcohol se abría de piernas en el asiento trasero de un coche y dejaba que se la follaran por turnos todos los que quisieran.

Esta es la historia que Isa me contó. Porque desde que empecé a escuchar las primeras frases de su relato, ella dejó de ser para mí la foca que veían todos los demás. Fue duro. Escuchar la historia entera fue una de las cosas más duras que yo había hecho hasta la fecha. Pero mientras ella lloraba y proseguía su relato, me avergonzaba de sentirme mal. Ella había sufrido todo eso, de modo que su pena era infinitamente más dura que mi tonta incomodidad. Hice lo que me salió instintivamente de dentro. En cierto momento que ella lloraba y su gemido le impedía seguir narrando lo sucedido, me incorporé un poco y rodeé sus hombros con un brazo. Algo debió notar ella de que eso no era más que una expresión de cariño, de comprensión, de vete a saber qué... pero no era una amenaza, porque ni siquiera hizo el menor gesto para impedirlo o apartarse. Poco a poco, se fue girando hasta apoyar su cabeza en mi hombro. Y en esa posición nos quedamos hasta que terminó su relato. Yo no tenía palabras en ese momento. ¿Qué le puedes decir a alguien que ha sido maltratado de semejante forma? ¿Que no pasa nada? ¿Que ponga buena cara al mal tiempo? Nada de lo que yo pudiera decir en ese momento iba a estar a la altura de los horrores que me había contado. Así que guardé silencio. Ella lo agradeció. Se lo noté en la mirada. Estaba ya suficientemente machacada por la lástima, el asco, la burla de todo el mundo. Ella sólo pedía que alguien la escuchara y no la juzgara.


Texto: © 2014 - Pitufox27
Ilustraciones: © 2013 - Eddie The Yeti

jueves, 3 de abril de 2014

Piel húmeda (Ducha 1)



Con esta historia inicio una nueva serie de fantasías eróticas que, como es habitual en mí, oscilarán entre la realidad vivida y la imaginación creada. En este caso, las dos ilustraciones que acompañan el relato son dos muestras del trabajo de dos fotógrafos muy distintos, cuya obra apenas conozco pero de los que daré algunos enlaces para quienes deseen saber más de ellos. La elección ha sido obvia: el tema del relato ha forzado la búsqueda de las imágenes.

La primera fotografía que ilustra este relato es obra del fotógrafo de origen sur-coreano, pero afincado en Nueva York, Insuh Yoon. Nacido el año 1985 en la ciudad de Seul, en Corea del Sur, Yoon muestra un interés variado si bien siempre centrado en la fotografía femenina. Explora diferentes técnicas tanto en blanco y negro como en color. Muestra cierta inclinación hacia temáticas fetichistas, y por tanto, elaboradas, pero también en captar el momento directo, con sus modelos en poses casi robadas, sin preparación. En mi modesta opinión, demuestra una búsqueda hacia un estilo propio y personal que, tal vez, aún no ha logrado.

Los que quieran saber algo más sobre la obra de este fotógrafo, pueden seguirlo a través de algunos sitios de Internet:

La modelo de la fotografía es Camille Damage, una chica de 24 años de Minneapolis (USA), quien tiene algunos blogs interesantes:

La segunda fotografía es del artista mexicano Óscar Morales. Autodidacta, Óscar Morales nació en México D. F. en 1979 y empezó a ser conocido como fotógrafo en los ambientes gays. Actualmente trabaja realizando estudios fotográficos personales de desnudo y retrato. Su trabajo comercial está enfocado en books para modelos y actores.

Se puede seguir el trabajo de Óscar en algunos sitios de Internet:

Acabo de llegar a casa y mamá me ha abierto la puerta. Me da un beso, mientras yo me escabullo directo hacia mi habitación. Casi sin mirar, suelto la carpeta encima del escritorio y me siento en el borde de la cama. Me desato rápidamente los cordones de las zapatillas deportivas, me las quito y me vuelvo a poner de pie. Tardo una décimas de segundo en desabrochar y quitarme los pantalones y, mientras me voy quitando la camisa, me voy al colgador de detrás de la puerta. Cuelgo los pantalones, la camisa que ya está fuera y cojo la toalla que hay colgada en su sitio.

- ¿Dónde vas tan disparado? - me pregunta mi madre, al verme salir en calzoncillos de la habitación.

- A ducharme - le respondo, mientras me cuelo por la puerta del baño. La cierro y pongo el pasador. En realidad no es necesario porque no hay nadie más en casa y mi madre en la vida abriría la puerta del baño estando éste ocupado. Pero nunca se sabe...

Oigo como mi madre murmura alguna cosa ininteligible y se va andando hacia el comedor. Me termino de desnudar y me meto en la ducha. Nuestro baño es pequeño, de forma rectangular, con la puerta en un extremo y una ventana en el otro. La ventana da al patio de luces del edificio, donde coincide con los fregaderos y ventanas de dormitorio del resto de vecinos.

Sin perder más tiempo, abro el grifo del agua caliente y, cuando empieza a salir que ya quema un poco, abro el de la fría para regular la temperatura. Mientras, no he podido evitar entreabrir ligeramente las láminas de cristal de la ventana. ¿He llegado a tiempo? Sí, en efecto...

En la fila de ventanas de los baños que hay justo enfrente, un piso más abajo que el mío, se ve una forma femenina enjabonarse la cabeza. El cristal de su ventana es translúcido y no se distingue a la perfección lo que hay al otro lado, pero aún así, cuando ella levanta los brazos, con las manos enredadas en su largo pelo negro, se aprecian perfectamente las rotundas y bellas formas de sus pechos.

© 2011-2014 - Insuh Yoon - Shower.
No sé si mi imaginación me ayuda a completar lo que no puedo ver bien, pero el agua que arrastra el blanco jabón cuerpo abajo me permite gozar de la visión de dos pezones oscuros, grandes, que adivino duros y enhiestos... Al tiempo que mis ojos tratan de penetrar lo que el maldito cristal disimula, mis manos han bajado a calmar las ansias de mi polla. Se ha puesto dura y enorme, levantando su cabeza hacia el techo, reclamando esa carne femenina que, por desgracia, no puede alcanzar.

Un poco de jabón y el chorro del agua caliente cayendo sobre mi cipote, me facilitan la tarea de hacerme una paja brutal. Mi puño, cerrado con fuerza alrededor de mi carne erecta, sube y baja a velocidad de infarto, mientras mi atención no se pierde un detalle de lo que sucede en la ducha de mi vecinita...

Las atenciones al pelo han terminado y ahora es una esponja rosada la que va recorriendo las deliciosas curvas de la muchacha. Cuando me cruzo con ella en la escalera, esperando el ascensor o yendo y viniendo, no puedo dejar de apreciar lo terriblemente buena que está. Sus sesiones de ducha, cada día a la misma hora, me lo confirman. Aunque el puto cristal traslúcido apenas me deja ver nada, no puede ocultar la belleza y magníficas proporciones del cuerpo de la chica.

La esponja ha bajado por una larga pierna y el cuerpo inclinado de ella me revela la rotundidad de una nalgas que adivino tan perfectas como lo demás. Suelto un gemido, inesperado e incontrolable, cuando un largo chorro de semen ardiente brota de la punta de mi cipote que mantengo bajo el chorro del agua caliente. Estallo en una oleada de placer, mientras mi polla late y suelta borbotones de espesa leche...

El agua caliente hace que mi polla arda y la sensación es muy placentera. Un ramalazo de placer me recorre el vientre y mi mano enjabonada juega con la bolsa de los testículos mientras mi polla suelta las últimas gotas de semen. He cerrado los ojos y, en mi imaginación, la boca de la vecinita se cierra alrededor de mi cipote aún erecto y lo limpia, chupando con ganas los restos de lefa que lo cubren.

Unos golpes en la puerta del baño me sacan violentamente de mi mundo imaginario.

- ¿Qué estás haciendo? ¿Aún no has terminado? - la voz de mi madre me devuelve a la realidad.

- Sí, sí... Ya voy, - le digo, mientras pongo jabón en la esponja.

Será cuestión de darse prisa antes de que siga dándome la vara con la hora, con que ha de usar el baño o con que voy a terminar con las reservas de agua potable del planeta...
© 2007-2014 - Óscar Morales - Shower.

jueves, 18 de abril de 2013

Llegint poemes (I)

Avui m'he despertat sense ganes de fer gaires coses... Amb el cap mig adormit, com a mig gas. No tot el meu cos pensa el mateix. El sexe, dur com el mànec d'un martell, em tiba l'entrecuix i reclama que algú li faci cas. Al meu costat, ella dorm, girada cap a l'altre banda del llit, amb l'esquena apretada contra meu. El seu respirar em diu que està profundament dormida. Amb una ma, ressegueixo la corba llarga que neix a la seva espatlla i que acabarà morint cames enllà, molt més avall del seu maluc que atrau els meus dits com els d'un nen s'enganxen a un caramel. Ella sospira i, sense despertar-se, es tomba lleugerament cap a mi.

©  Jean Jacques André Photography - (1970) - Barbara 6

Deixa anar un altre sospir i torna a caure en un somni profund, delatat per la seva respiració lenta i tranquil·la. La meva ma s'atura perquè no vull despertar-la, així que es el meu sexe el que agafo amb ella. Ressegueixo el membre, sentint l'escalfor, que crema entre els meus dits. Baixo fins notar la pesada bossa dels testicles, plena i arrugada. Els acarono, separo i moc amb cura. M'omple el desig i estiro la pell, tibant el penis que s'allarga una mica més. Recordo els darrers poemes que he llegit, paraules que encenen encara més el foc de la meva imaginació...

I dins el meu cap ressonen els grunyits de luxúria d'un tigre mascle que olora la femella propera i que la busca incansable dins la selva. La humanitat perd consistència i torna a néixer la bestia que s'amaga a sota. Moments diversos del passat venen corrents a ajudar-me i torno a tenir entre les meves mans els seus pits plens i la boca recorda el sabor dels seus llavis oberts oferint l'aliment que calmarà la meva gana. El sexe s'enlaira sota els llençols, rígid i urgent, dur com una estaca. Recorda com s'obre la carn del seu cos quan la penetra, fins clavar-se tot sencer dins d'ella. Un foc mana com líquid ardent, omplint la carn de calor i arrasant el ventre amb els batecs de la sang que arrosseguen darrere seu onades de plaer.

©  Jean Jacques André Photography - (2000) - Amandine 4
El tigre macho roza su lujuria
sobre la hembra que la espalda arquea,
su vientre sobre el lomo se recrea,
muerde la nuca en controlada furia.

Así quiero asaltarte yo en el suelo,
adosando a tu espalda mi figura,
estrujando tus senos con ternura,
y entrando a tí, mordiéndote en el pelo.

Francisco Alvarez Hidalgo

©  Jean Jacques André Photography - (1970) - Barbara 4

Rubios, pulidos senos de Amaranta,
por una lengua de lebrel limados.
Pórticos de limones, desviados
por el canal que asciende a tu garganta.
Rojo, un puente de rizos se adelanta
e incendia tus marfiles ondulados.
Muerde, heridor, tus dientes desangrados,
y corvo, en vilo, al viento te levanta.
La soledad, dormida en la espesura,
calza su pie de céfiro y desciende
del olmo alto al mar de la llanura.
Su cuerpo en sombra, oscuro, se le enciende,
y gladiadora, como un ascua impura,
entre Amaranta y su amador se tiende.

Rafael Alberti


© Prosa: Pitufox27, diciembre 2012 - abril 2013.
© Versos: (1) Francisco Álvarez Hidalgo. (2) Fundación Rafael Alberti
© Imágenes: Jean Jacques André Photography.

domingo, 14 de abril de 2013

Reflexiones de un voyeur


Este post fué publicado el mes de agosto pasado en el blog que tengo en mi perfil Pitufox27 en deviantART. Hace un tiempo que abrí una página de usuario en ese sitio web dedicado a la fotografía, el dibujo y otras artes gráficas con la intención de visitar perfiles de los auténticos artistas que cuelgan allí parte de su obra y poder seguir sus trabajos. Aunque he subido algunas fotografías retocadas con Photoshop o con un sencillo editor que tenía en el móvil, y que pueden tener más o menos gracia, soy muy consciente de que la distancia que separa esas aportaciones del verdadero arte es la misma que separa la Tierra de Plutón. De todas formas, como los usuarios de deviantART son muy variopintos y entre las obras publicadas hay desde auténticas obras de arte a garabatos hechos por niños, me creí con la autoridad moral para subir mis pobres aportaciones con la misma libertad que los demás. En fin, que el post que aquí reproduzco hace una autocrítica de este blog, Sueños de Seductor y hago una lectura de mi interés por la literatura y la fotografía erótica, que me ha llevado a tratar de escribir relatos de este género. En cualquier caso, me parece una reflexión lo suficientemente interesante como para compartirla también aquí.


Desde hace muchos años, me gusta leer y escribir literatura erótica. Bueno, rectifico: leo literatura erótica, y escribo... ¡vaya Ud. a saber qué! Porque, aunque uno lo intenta y trata de hacerlo lo mejor posible, los resultados no siempre están a la altura de las circunstancias. Bien, dicho ésto, sigamos con lo que quería decir. Tengo una innata tendencia a extenderme en los detalles y eso, a veces, es un defecto difícil de corregir. El caso es que en esta anotación en mi bitácora en deviantART quería hablar de mi blog de narraciones eróticas que procuro ilustrar con imágenes de artistas de los que me gusta su obra.

He hablado de voyeurismo en el título. Bueno, es obvio... La forma como la fotografía erótica nos llega y atrae nuestra atención es idéntica a los estímulos que disfruta un voyeur. Lo que en inglés se suele llamar fine art o nude art es una de las formas más directas de estimular la imaginación del espectador, así como una de las temáticas más clásicas del arte de la fotografía y de la pintura. En mi blog he intentado ir presentando la obra de diferentes artistas que, bien porque sus imágenes se adaptan a mis historias, bien porque simplemente me gustan, realzan y convierten mis pobres relatos en algo más, en algo diferente. Reconozco que lo que hago ahí no es más que una suerte de vampirismo artístico, tomando prestadas las obras de arte para convertir mis narraciones en algo que no son.

Siempre he pensado que la creación es un proceso personal e interior del artista, pero que la obra, una vez publicada, toma identidad propia y pasa a pertenecer de alguna forma a quien la disfruta. Como escritor (perdón por la presuntuosidad de otorgarme semejante título que dudo merecer) es así como veo que evolucionan las cosas que escribo. Primero, y antes que cualquier otra cosa, escribo para mí, para satisfacer mis ansias de ver puesto sobre el papel (o la pantalla del ordenador, que a fin de cuentas hace el mismo rol) las cosas que, más o menos hilvanadas, se me van ocurriendo. Luego, cuando esos seres inanimados que son las palabras, se van posando sobre el soporte, ocurre un fenómeno que nunca deja de maravillarme. Ante mis ojos, van cobrando vida, respirando de forma agónica al principio pero cada vez más fuerte, y poco a poco se van independizando de mí.

Cuando escribo, las palabras más recientes apenas importan, las cambio a mi criterio, las borro, las convierto en otras... Pero el texto no deja de crecer y lo que ya lleva un tiempo escrito está vivo, es alguien. Es entonces cuando ya no puedo cambiar lo que he escrito. De alguna forma, empiezo las historias con una idea previa en la mente, pero poco a poco, se van transformando, cobrando vida propia y terminando siendo un ente distinto del que había imaginado. A veces entiendo el porqué el proceso de escribir se asemeja en algunas cosas al de tener un hijo...


Cabecera de mi página de perfil en deviantART

Mis relatos eróticos adolecen de muchos defectos. Eso lo sé. No en balde, si algo soy, es que soy un lector empedernido desde que aprendí a leer cuando tenía tres años. Por mis manos han pasado miles de libros. Millones de personajes. Cientos de miles de historias. Y aunque algo se pega, la verdad es que sé que no escribo suficientemente bien como para auto-clasificarme como escritor. Pero la verdad es que tampoco me importa demasiado. Hago las cosas lo mejor que puedo y me doy por satisfecho si consigo escribir algo que me convenza a mí mismo. A veces, leo algún comentario que me deja la gente y agradezco los buenos ojos con que muchos me leen. Otras veces, las críticas tienen razón.

Un relato erótico ha de tener ciertas características para ser considerado como tal. La más evidente es que su temática ha de despertar un cierto interés sexual en quien lo lee. La sexualidad y la forma como se accede a ella es radicalmente distinta en hombres y mujeres. Los hombres somos más directos, en nosotros predomina la vista. Las mujeres precisan de un acercamiento más indirecto, a ellas les motivan las palabras. En ese sentido, pues, la literatura erótica parecería estar pensada para mujeres, ¿no? Bueno, sí y no. La verdad es que no todos los relatos gustan por igual a mujeres y hombres.

Las historias que suelen preferir las mujeres tienen el sexo como temática principal pero contienen más cosas. Los personajes deben tener vida, ser algo consistentes y la historia debe narrar algo más que el mero "mete-saca" (como diría Alex, el protagonista de "La naranja mecánica"). Una historia que sólo describa la mecánica del acto sexual difícilmente merecerá la aprobación de muchas mujeres. La mayoría de ellas se sienten frías o incluso reticentes ante una historia semejante. Dicho de otra forma, el cine X no está pensado para mujeres. Una narración estricta de la mecánica sexual es como una imagen. Por eso suelen gustarnos más a los hombres...

Cuando escribo un relato erótico me centro en transmitir lo mejor que sé aquello que en ese momento me pasa por la cabeza. Entiendo que, si a mí me excita, al eventual lector también lo excitará. Por lo tanto, la forma como escribo es la responsable de mi principal defecto como escritor de narrativa erótica. Mis relatos suelen tener un exceso de detalles sobre el "mete-saca" que hemos dicho y suelen estar faltos de más descripción de los personajes o los lugares. En ese sentido, mientras los estoy escribiendo, la historia avanza según lo hace mi propia masturbación mental (luego comento ésto, que tiene su cosa...) y, como he dicho antes, una vez eso está plasmado sobre el papel virtual de la pantalla del ordenador adquiere vida propia y ya no sé cómo rectificarlo o corregirlo. De alguna manera me siento sin autoridad para practicar una suerte de selección natural y mis historias crecen sin que ningún genetista vaya podando las ramas que se muestran discordantes con lo que debería ser el conjunto de la obra bien escrita.

¿Por qué hablo de masturbación mental? Bueno, hay una cosa que está muy clara. El principal órgano sexual del ser humano es el cerebro. Es nuestra mente la que nos hace sentir deseo, excitación, necesidad... El placer viene de otros lugares del cuerpo. No me extenderé sobre los detalles que pueden encontrarse, muy bien explicados por cierto, en sitios tan clásicos como el Kamasutra, sin ir más lejos. Pero el motor de todo eso, donde radica la auténtica sexualidad, es el cerebro. Si la cabeza tiene ganas de sexo da igual si la polla se nos levanta o no, el caso es que iremos quemados por el deseo, babeando ante cualquier estímulo externo por nimio que éste sea. Si somos capaces de controlar nuestra cabeza, entonces podemos decir que nos hemos convertido en seres civilizados, en personas que saben controlar su sexualidad.

Y escribir narrativa erótica, como pintar cuadros o hacer fotografías de desnudos, no deja de ser una forma de masturbación, una manera de excitar la mente por nuestros propios medios.

Fella es el dibujo que personifica deviantART
Como voyeur, me asomo a mis relatos una vez publicados, ya que en todos ellos he usado ilustraciones de diferentes artistas. En cada relato hago una breve reseña de la obra de un fotógrafo o dibujante, procurando siempre documentar convenientemente las imágenes.

En deviantART hay numerosos artistas que fotografían o dibujan desnudos, tanto femeninos como masculinos. Gracias a su benevolencia, mi blog se enriquece con parte de su obra. Públicamente quiero agradecer a todos ellos el permiso que han dado para que use sus imágenes en mis relatos. Sin su ayuda, sé que mi página sería un sitio mucho más pobre.

lunes, 6 de agosto de 2012

Made in Japan (VI)


La sexta entrega de Made in Japan plantea situaciones de exhibicionismo. Fue escrita conjuntamente con las entregas 5ª y 7ª. Podría haber hecho un único capítulo con las tres entregas, pero su extensión me pareció demasiado larga y por ese motivo las fui colgando tal y como las presento ahora aquí. A menudo, las personas que me expresan su opinión sobre mis historias, se quejan de que algunas de ellas son demasiado largas, así que en este caso tuve en cuenta esas opiniones y traté de mantener unas entregas de tamaño manejable y fácil lectura.

El fotógrafo que ilustra con su trabajo el presente post destila erotismo sin necesidad de mostrar cuerpos desnudos. Al menos, no de la forma que estamos acostumbrados a verlos cuando hablamos de fotografía erótica o de desnudo. Takashi Shima, un artista del que apenas tengo referencias, se limita a fotografiar piernas de mujer, fetiche clásico pero siempre vigente para los erotómanos de cualquier cultura o momento. Aunque podrían ser contempladas por todos los públicos ya que no muestran nada especial, las imágenes de Shima son la esencia del erotismo. Belleza sugerida, fragilidad, inocencia, indefensión... son adjetivos que podrían aplicarse a sus modelos y que conforman una carga erótica evidente.

Las fotografías que muestro pertenecen a la galería de imágenes de la página web del bar de ambiente fetish Black Heart, situado en el centro del distrito Ginza de Tokio, un barrio conocido por sus tiendas y restaurantes.

He sido incapaz de encontrar ninguna referencia en Internet a este fotógrafo, cuyo nombre, por otra parte, es muy común, lo cual dificulta enormemente la búsqueda de información sobre él. Agradecería cualquier tipo de dato que me permita completar algo más lo que puedo decir sobre él.

© Takashi Shima - Wabi 0710.
Made in Japan (VI)


Saimiko vestida de colegiala era un bocado irresistible. Un día la hice vestirse de esa forma y la obligué a subir al coche. Dejamos el coche en un parking en el centro de BCN y la hice caminar Ramblas abajo, cogida de la mano. Creo que ningún hombre dejó de mirarla. Yo iba muy excitado y decidí entrar en un hotel pequeño. La corta falda de cuadros de Saimiko apenas conseguía tapar su culo desnudo. En la habitación, hice que se agachase y luego le arranqué la ropa y le clavé la polla en el medio de su sabroso coñito. Ella gemía sin poderse contener al notar cómo la estaba barrenando mi cipote tieso como un palo. Se corrió pidiéndome que no parase. Salí de su coño y le cogí la cara con una mano.

© Takashi Shima - Wabi.
- ¿Quién te crees que eres tú para darme órdenes? - le dije con voz muy severa y cara furiosa.

No se atrevió a contestarme y cerraba los ojos para evitar mi mirada. La monté sobre mi polla y me la follé mirando cómo disfrutaba de nuevo, moviéndose obediente arriba y abajo de mi sexo que abría completamente la estrecha entrada de su coñito. Cuando me cansé de follarme su coño, le ordené que cambiase mi polla de agujero. Ella tomó la gruesa vara de carne y puso la punta en la entrada del culo. Sólo tuve que mover mis caderas hacia arriba para que su culito, obediente, se abriera y me dejase sodomizar a mi bomboncito japonés.

© Takashi Shima - Wabi.
Ella no pudo evitar un pequeño grito de dolor. Luego, aceptó con resignación que mi cipote abriera mucho más su culo al entrar hasta el fondo. No paré de penetrarla hasta que mis huevos tocaron la pared y toda mi polla entera estuvo bien metida dentro del ano. Entonces, Saimiko, como siempre muy obediente, empezó a moverse arriba y abajo. Notaba en su cara y en sus gemidos que le dolía bastante. Tomé sus sabrosos pezones con mis dientes y se los iba mordiendo, haciéndola gritar, mientras ella seguía moviéndose con su culo ensartado en mi polla. La hice ponerse apoyada sobre las manos, con el cuerpo echado hacia atrás, mientras seguía clavada en mí. En esta posición, yo podía verle el agujero del culo y cómo mi polla entraba y salía al compás de sus movimientos. Metí mi mano a la fuerza dentro de su coñito. Gritó de dolor pero su orgasmo fué instantáneo. Sentí que mis cojones se contraían y gruñí como un cerdo mientras mi polla soltaba chorros de semen dentro de su culo y yo me moría de placer...

© Takashi Shima - Wabi.
Volvimos al coche y, mientras ella se reclinaba en el asiento y hacía como que dormía, le aparté la falda. Sus piernas se entreabrieron y, cuando el tráfico me lo permitía, le metía un dedo en el coño o jugaba con su clítoris. En un semáforo, pude ver la cara que ponía un taxista que paró a mi derecha. Saimiko tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente pues mi dedo la estaba excitando de nuevo. Paré en un pequeño solar, cerca de la Ronda de Dalt, detrás de un par de camiones aparcados allí. Sin que yo le dijera nada, Saimiko bajó la cremallera de mis pantalones y extrajo mi miembro que ya empezaba a tener una importante erección. Se lo metió en la boca y me la chupó durante un buen rato, hasta que, con un empujón, se la metí hasta el fondo de la garganta y vacié mi leche en su boca. Cuando se la hubo tragado toda, me limpió la polla con la lengua y colocó todo en su sitio. Luego, se recompuso la ropa. La dejé en el centro, donde siempre...

(Continuará)

© Takashi Shima - Wabi.

© Texto: Pitufox27 , Febrero de 2008.
© Imágenes: Takashi Shima y Black Heart.